viernes, 14 de octubre de 2011

¿QUÉ ES EL LUPUS?


     
      Actualmente el “Lupus Eritematoso Sistémico” (LUES) ya no se considera una enfermedad tan rara como hace 20 años ya que viene afectando a 1 de cada 2.000 personas. Se trata de una enfermedad crónica de naturaleza auto-inmune. Hasta ahora su causa es desconocida, aunque se sabe que influyen factores genéticos, hormonales, ambientales y ciertas alteraciones inmunológicas. Evoluciona en forma de brotes, alternando fases de intensa actividad con otras de aparente remisión. Las manifestaciones clínicas son tan variables que cada caso debe ser considerado individualmente. Puede afectar a muy distintos órganos y sistemas, cuya frecuencia de presentación, de mayor a menor, es la siguiente:
-          un 95% presenta manifestaciones músculo-esqueléticas, como afectación de las articulaciones, debilidad y dolor muscular.
-          Un 90% padece síntomas generales como fiebre, anorexia, pérdida de peso y malestar general.
-          Un 70% presenta lesiones en la piel y las mucosas siendo la más típica una erupción en forma de “alas de mariposa” que afecta a las mejillas y la nariz., aun que pueden presentarse otras alteraciones en el tórax, los dedos y la palma de las manos.
-          Un 55% padece alteraciones renales de cierta importancia.
-          Un 50% sufre manifestaciones respiratorias a consecuencia de la afectación de la pleura.
-          Un 30% puede tener una afectación cardíaca (pericarditis, endocarditis, cardiopatía coronaria o miocarditis).
Con una frecuencia menor pueden existir manifestaciones digestivas (nauseas, vómitos y dolor abdominal, entre otros) así como manifestaciones hematológicas y linfáticas entre las que destacan, por su gravedad, la anemia hemolítica y la trombocitopenia autoinmune. También puede verse afectado el sistema ocular.
El tratamiento de esta enfermedad debe establecerse caso por caso en función de las manifestaciones clínicas presentes y de su evolución. Como medida general es aconsejable evitar en lo posible la exposición solar y utilizar cremas de elevado índice de protección solar. Los fármacos empleados en el tratamiento son muy diversos. Antiinflamatorios no esteroideos (tipo Aspirina®) para las manifestaciones articulares. Los antipalúdicos como la hidroxicloroquina se emplean para el tratamiento tanto de las lesiones cutáneas como de las articulares. Los corticoides (prednisona, metilprednisolona) resultan muy útiles para el control de muy diversos síntomas. Los inmunosupresores (ciclofosfamida y azatiopirina fundamentalmente) suelen emplearse en los casos de afectación renal y del sistema nervioso central. Otros tratamientos más recientes emplean danazol, ciclosporina o la irradiación linfática. El pronóstico de la enfermedad ha mejorado sensiblemente en los últimos años gracias al diagnóstico precoz y al tratamiento adecuado.